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Si mi padre levantara la cabeza… (sobre ciertas actitudes funcionariales)

Ciertas actitudes funcionariales
Espacio Tributario

Hasta que ya con 18 años me fui a la universidad, viví en edificios oficiales del Ministerio de Hacienda, pues el trabajo de mi padre (inspector de aduanas e impuestos especiales) nos permitía disfrutar de las viviendas que, al menos entonces, había en las aduanas. Los sucesivos destinos que tuvo en su dilatada -aunque truncada por su prematuro fallecimiento- carrera funcionarial hicieron que mi familia le siguiera en ese periplo viajero, desde el Cantábrico al Mediterráneo -pasando, también, por alguna aduana terrestre- para terminar recalando definitivamente en el Atlántico, siendo así que cada uno de sus hijos nacimos en una localidad diferente.

Esta referencia autobiográfica viene a cuento de que me consta que todas sus sucesivas responsabilidades (ya fuera como “vista”, miembro de los entonces existentes Tribunales de Contrabando, Inspector Regional o Administrador) las desempeñó con una elevadísima vocación de servicio público, entendiendo la Administración como un medio al servicio de la sociedad y no como un fin en sí misma, así como con la honradez y la integridad como divisas de su quehacer diario. Obviamente, aquella era “otra” Administración -solo le dio tiempo a vivir los inicios de la hoy omnipresente e informatizada AEAT-, con no pocos problemas y carencias, pero quizá con virtudes que -aunque las generalizaciones siempre son injustas- hoy parecen haberse perdido, tal vez ya para siempre: el trato humano. Como paradigma de aquello (y porque viene a colación del episodio que da pie a este “post”), recuerdo escucharle que “entre sus obligaciones como funcionario estaba el recibir a todo aquel que se lo pidiera”, si bien, como anécdota puntual -y como prueba de que lo cortés no quita lo valiente-, recuerdo una ocasión en que solicitó el “auxilio” de la Guardia Civil para desalojar a un vehemente contribuyente que, con modos violentos, se había atrincherado en su despacho.

Hace apenas unos días fui involuntario protagonista de un episodio del todo reprobable pero, lamentablemente, no tan inusual como sería deseable. Un cliente había recibido una notificación que, pese a generarle perniciosos efectos fiscales, no fue consciente de ello, por lo que no me la trasladó en su momento. Lo cierto es que tiempo después, cuando aquel acto previo ya era firme, la Administración “construyó” sobre él otra actuación que ya le supuso el desembolso de un relevante importe en concepto de cuota, siendo así que -ahora sí- me lo envió para mi estudio: obviamente, dada la consumada firmeza, el caso era peliagudo, pero el heterodoxo fundamento jurídico de aquel acto primitivo me animó a preparar un recurso extraordinario de revisión (huelga apuntar que con un más que incierto resultado).

Sea como fuere, la cuestión es que antes de presentar “fríamente” ese recurso (una vía ciertamente inusual -casi exótica- de impugnar un acto) me pareció tan prudente como oportuno ponerlo en conocimiento del funcionario directamente responsable de su futura resolución, más que nada para recabar -de un modo tan informal como útil- su parecer acerca de los argumentos que me proponía esgrimir a favor de los intereses del contribuyente. La cuestión, y aquí es donde empieza lo escabroso del asunto, es que contacté telefónicamente con la gerencia (dejemos ahí la identificación de la localización física/burocrática del “episodio”) y, no con poco esfuerzo, logré hablar con la secretaria del propio gerente a la que le facilité toda la información (al menos, toda la que ella me pidió) para ubicar el asunto que me llevaba a solicitar una cita con aquel. Así las cosas, un rato después me devolvió la llamada (la secretaria, no el gerente) para informarme que ese expediente ya estaba resuelto y notificado, a lo que intenté hacerle ver -con escaso éxito- que eso era, precisamente, lo peculiar del caso y lo que hacía del todo recomendable que lograra entrevistarme con su superior. Ante esa tesitura, me anuncia que me volverá a llamar no sin antes prevenirme de que “si no volvía a tener noticias suyas” (sic; ¿se imaginan esa contestación en el sector privado?), insistiera en mi pretensión. Consumada la ausencia de noticias de la tal secretaria, volví a llamar, siendo así que aquí ya me topo con la “insuperable” (i.e.: un obstáculo imposible de esquivar) centralita/contestador que, pese a estar dentro del horario hábil que su propio mensaje grabado predica, me impide el acceso a ser humano alguno. Ante esta situación, y tras localizar en la web del propio Ministerio la dirección electrónica del susodicho gerente, le envié un correo agradeciéndole -ya de antemano- que me indicara un día y hora para poder entrevistarme con él.

La ausencia de contestación alguna a mi correo-e ya me hace ponerme en guardia y decidir personarme -físicamente, quiero decir- en la gerencia de marras. Ahora – tomen aire, por favor-, según traspaso la puerta de entrada, en el propio vestíbulo (por cierto, presidido por un anuncio del Consejo para la Defensa del Contribuyente), me aborda el vigilante de seguridad (¡qué tiempos aquellos en que era la Benemérita la que velaba por el orden público en los edificios oficiales!) con el que mantengo el siguiente “diálogo”:

– ¿Y usted?

– Vengo a ver a la secretaria del gerente territorial (obsérvese que no oso aspirar a que me reciba el propio gerente, si no su secretaria).

– ¿Tiene cita?

– Pues verá, vengo a que me la dé. No creo que haya que pedir una cita para pedir cita.

– Espere aquí que la llamo.

(Segundos de tensa -al menos para mí- espera aguardando el incierto resultado de esa llamada).

– Me dice la secretaria que si es usted el abogado de la empresa X, que ya hablaron telefónicamente.

– Sí, el mismo.

– Me dice que ese asunto ya está resuelto y notificado.

– A ver, creo que así no vamos a llegar a ninguna parte. Necesito verla para que me facilite una cita con el gerente.

(Más segundos de tensión mientras vuelve a llamar a la secretaria).

– Acompáñeme.

(El vigilante de seguridad me escolta hasta el ascensor, sube conmigo y me guía hasta una puerta ante la que me indica marcialmente: “Espere aquí”. Confieso que nunca me había sentido candidato a sospechoso de montar altercado alguno pero, visto el trato que me dispensaba la autoridad -de eso parecía investido el vigilante, dada su actitud-, empecé a preguntarme si no guardo algún parecido físico con un peligroso delincuente. Finalmente la secretaria aparece y me recibe en el pasillo).

– Usted dirá.

– ¿Tenemos que hablar en el pasillo o puedo pasar a un sitio más discreto?

– Pasemos a mi despacho (obviamente no era más que una pequeña antesala del despacho del propio gerente).

– Verá, como no volví a tener noticias suyas, le envié un correo-e.

– No he recibido nada…

– Bueno, en cualquier caso ahora ya estoy aquí. Lo que me interesa, tal y como le había anticipado, es tener una entrevista con el gerente para comentarle ciertos extremos del expediente en cuestión.

– Ya pero es que no va a poder ser.

– Ya me imagino que hoy, al venir sin previo aviso, no podrá ser. Lo que quiero es que me indique un día y hora que tenga disponible.

– Pero es que no hay nada que tratar. Ese expediente ya está resuelto.

– A ver si le estoy entendiendo bien: ¿me está diciendo que no es que el gerente no me reciba hoy -cosa que entiendo- sino que no me va dar una cita para próximas fechas?

– Exactamente. El gerente no le recibirá para hablar de ese asunto.

– En tal caso no me queda más que anunciarle que tendrán noticias mías, pues presentaré una queja en el Consejo para la Defensa del Contribuyente. Buenos días.

Recuerdo que en la casa de un amigo había un cartel que decía algo así como:

“A los 5 años: mi papá, lo sabe todo.

A los 15 años: mi viejo no se entera de nada.

A los 30 años: quizá le comente esto a mi padre.

A los 45 años: si estuviera mi padre”.

El pasado 29 de abril hizo veinte años de la muerte de mi padre. ¡Cuánto lo echo de menos!

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5 Comentarios

  1. El 22F -curiosa fecha para morir- hizo 13 años que finó mi progenitor A, como se dice ahora. Él no era funcionario ni nada por el estilo, pero con 17 añitos se fue al Tercio -concretamente, a Sidi Ifni, en el Sáhara español- y se estuvo un par de años en plena marcha verde, “matando moros”, me decía… A su vuelta su vida fue bastante peculiar -dejémoslo ahí-, pero te puedo asegurar que al seguridad le hubiera partido la cara, hubiera visto al gerente por sus cojones y la secretaria…!ay, la secretaria! !lo que hubiera sufrido la secretaria!
    Ahora volviendo al asunto de autos: yo tengo fresca en la memoria la primera vez que acudí a la vía del CDC. Fue en una delegación de la AEAT que, en aquella época, tenía como Administrador a un sujeto que ha ascendido mucho en la agencia a pesar de algún encontronazo con algún súbdito que ha llevado a alguna sentencia “famosa” -dejémoslo ahí, también- y que he de reconocer que tuvo a bien llamarme personalmente al día siguiente, pidiéndome encarecidamente disculpas por la lamentable actuación de la Jefa de Gestión. Yo era un joven barbiponiente con poco más de 20 añitos y guardo el escrito al CDC cual medalla deportiva. Espero que tengas la misma o similar suerte.
    Un abrazo,
    Esaú

  2. Impagable relato, con el que me solidarizo totalmente, tanto por situaciones vividas, como por hechos presentes que me obligan a acudir a la misma vía extraordinaria y, como bien expones, de incierto resultado. Leerte me recuerda lo afortunado que soy: todavía puedo compartir todo ello con mi “viejo”. Y por muchos años espero.

  3. sobre el contenido personal sentimental pues dar la enhorabuena al autor. Es un valioso tesoro tener en mucha estima a los padres. Ojalá estuviera muy muy muy extendido. Sobre el incidente profesional también enhorabuena. Los muchos años de profesión supongo que habrán creado callo pero por lo que nos cuentas no lo suficientes para haber perdido la brújula de lo aceptable, de lo exigible a un administrador de un poder y unos derechos colectivos….el día que descontemos y toleremos actitudes prepotentes en el ejercicio autoritario de un cargo público probablemente también descontemos desviaciones y tropelías más sangrantes que un trato chulesco y con desdén. Y en ese momento mejor irse a casa y dejar de gestionar intereses ajenos. Espero que mantengas la vocación de servicio público (sí, también se presta desde el otro lado del mostrador) muchos años.

  4. Relato cierto. Lo que llevamos más de 35 años en esta profesión hemos vivido la atención al contribuyente en la siguiente forma: Primero aquellas ventanillas pequeñas y cerradas con un cristal que tenías que realizar una genuflexión para acceder al funcionario (Administración), posteriormente gran avance, un mostrador donde ya veía al funcionario, mas tarde una mesa con una silla, la comodidad al máximo, y seguíamos avanzando, pero he aquí que llega la era electrónica. Gran muro, no se sabe quien es quien, no existe cara de la Administración, ya no hay mamparas, ni pequeñas ventanilla, ahora hay “cita previa” para mejora del administrado pero “obligatoria”, ahora hay administración telefónica que no contesta o con respuestas sin posibilidad de acreditar lo que se ha comentado, ahora Administración electrónica, todo el trabajo y la responsabilidad para el presentador, y ello para una “mejora al administrado”, y seguiremos avanzando no se hasta cuando el administrado aguantará …….

  5. Muchas gracias a Esaú, Juan, “Misnotas” y Mario por vuestros afectuosos y acertados comentarios.
    Un abrazo.

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