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If

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Espacio Tributario

Es de todos conocido el célebre poema de Rudyard Kipling titulado “If” (“Si”, así, en condicional), todo un brindis -casi caricaturesco, dada su completud- al carácter británico y, más aún, al forjado durante la época victoriana, contemporánea a gran parte de la vida de su autor.

Algunos de sus versos dicen así:

“Si puedes forzar tu corazón, y tus nervios y tendones,
a cumplir con tus objetivos mucho después de que estén agotados,
y así resistir cuando ya no te queda nada
salvo la Voluntad, que les dice: “¡Resistid!””
.

Me parece oportuno traer aquí a colación ese espíritu de resistencia. ¿Por qué? Pues porque en el ámbito tributario (que no es más que el reflejo, el síntoma, de un estado de cosas mucho más profundo) hace tiempo que confluyen una serie de circunstancias que, sumadas las unas a las otras, conforman un universo un tanto asfixiante para el estatus jurídico del individuo -¡la persona!- que, así, tiene motivos -¡muchos!- para sentirse aplastado por el omnipotente y omnipresente poder del Estado, ese genuino Leviatán hobbesiano que no hace sino crecer y crecer ocupando, como un gas, cuantos espacios la sociedad le deja.

Es por ello por lo que este “post” va dedicado a imaginar, e incluso a brindar, por otro mundo, por otro escenario (no demasiado distinto, dicho sea de paso, al que teníamos -al menos sobre el papel- hace algunos lustros, antes de que la “solidez” se fuera por la ventana y le pusiéramos una alfombra roja a lo “líquido”:

-. Y si la tenencia (no declarada) de un patrimonio foráneo prescribiera fiscalmente;

-. Y si la Administración no tuviera la facultad para comprobar y recalificar “sine die” negocios jurídicos hechos en ejercicios ya prescritos;

-. Y si los argumentos de la Administración quedaran enervados provisionalmente por la suspensión cautelar;

-. Y si la Administración no pudiera exigir intereses de demora cuyo período de devengo no es sino el tiempo incurrido por ella misma en una actuación declarada ilegal;

-. Y si la Administración no pudiera imponer tan gravosas -como deficientemente argumentadas- medidas cautelares en defensa del crédito tributario;

-. Y si la Administración no pudiera retomar un asunto ya abordado previamente de un modo infructuoso (así declarado judicialmente, incluso);

-. Y si el trámite de audiencia (alegaciones) llegara a tener cierta utilidad y no sirviera para hacer cierto aquello de que “todo lo que Ud. diga podrá utilizarse en su contra”;

-. Y si el contribuyente no sufriera esos “sudokus” a la que la Administración es tan proclive (vgr.: los intereses de demora son ingreso fiscal pero no gasto deducible);

-. Y si la Administración considerara a las filiales maquiladoras de grupos multinacionales como sociedades independientes y no como simples EPs;

-. Y si la Administración no invocara argumentos ya rechazados por los tribunales;

-. Y si no se exigieran intereses de demora cuando lo único en discusión es el valor de mercado de ciertos bienes;

-. Y si la Administración no pudiera valorar una empresa mediante la simple técnica de “transparentar” el valor de sus activos;

-. Y si…???

Si esos anhelos se cumplieran, Españistán quizá volvería a poder aspirar a ser un país serio, un país donde el contribuyente es titular de obligaciones -sí- pero, también, de derechos.

No te quedes con ninguna duda: consulta con tu gestor administrativo.

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