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Cuando no hay diálogo

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Espacio Tributario

Como es consustancial a mi carácter ensimismado, inicialmente no le di demasiada importancia. Lo atribuí a las particulares circunstancias del caso… Y, como es sabido, un caso no hace regla. Pero, más pronto que tarde, el “caso” se repitió: una primera vez -casualidades, me dije-, y luego otra, y otra. Primero de un modo, y luego de otro, pero con ingredientes comunes como para llevarme a la -tan subjetiva como firme- convicción de que algo está pasando.

¿De qué hablo? De que de un tiempo para aquí (digamos unos dos lustros, puede que algo más), se observa una preocupante dificultad de diálogo con la Agencia Tributaria (AEAT). Entiéndaseme bien: no hablo aquí de los “foros” abiertos por la AEAT como pretendidos espacios para interactuar con diversos interlocutores, ya sean éstos las “grandes empresas” o las “asociaciones y colegios de profesionales tributarios”, loables intentos de abrir las ventanas a la realidad para pulsar las inquietudes que hay a pie de calle (otra cosa -no conviene confundir ideas- es que sus efectos prácticos sean tangibles y/o plausibles). Y tampoco denuncio -nada más lejos de mi intención- que ésta sea una actitud ya no universal sino tan siquiera generalizada; pero sí que afirmo que mantiene una muy preocupante tendencia creciente, y así -mientras que inicialmente su detección era anecdótica- hoy es ya una eventualidad con la que todo contribuyente/asesor debe contar en su cotidiana interacción con la AEAT.

Pero, como diría Jack el destripador, “vayamos por partes” para diseccionar ordenadamente el fenómeno que, a modo de “postindustrial” vía crucis, nos toca vivir.

-. Primera estación: ¿Han probado a llamar a una centralita de una Delegación/Administración de la AEAT?

Si lo han hecho, ya saben de lo que estoy hablando. Y si no han pasado por esa “experiencia religiosa”, ahórrensela si es que valoran un poco el valor de su preciado tiempo: minutos escuchando una insufrible letanía de mensajes y opciones hasta que -al final, cuando ya parece que nos hemos ganado el privilegio de hablar con una persona de verdad-, en no pocas ocasiones, se corta la comunicación… No menos exasperante -insisto, las generalizaciones son injustas, pero lo que aquí relato tampoco es la excepción que confirma la regla- es que incluso cuando finalmente logramos contactar con una persona que no es nuestro interlocutor idóneo, sea una quimera que a éste le llegue el “recado” de que la hemos llamado y que, por favor, nos devuelva la llamada.

-. Segunda estación: ¿Qué decir de esos actos administrativos emanados de Administraciones de la AEAT alejadas de su domicilio fiscal?

En su día, fruto de ese buenismo que alumbró aquella ilusión -hoy ya sabemos que lo era- de “acercar la Administración al ciudadano” (hoy, en lo que al contribuyente se refiere, ya degradado a la condición de “súbdito”), España se plagó de Administraciones a modo de “sucursales” de la AEAT que practicaban esa política de “proximidad”. A día de hoy, la percepción es que aquella idea poco menos que ha saltado por los aires pues ya entra dentro de lo (para)normal que un contribuyente reciba cualquier notificación (léase requerimiento, paralela, etc) de una Administración lejana a su comarca. Entiendo que este giro copernicano -que deja al “súbdito” tan desatendido como “de facto” indefenso pues la distancia física le dificulta sobremanera la solución de su caso- responde a dos razones:

a-. la optimización de recursos públicos, que lleva al reparto de la carga de trabajo, liberando a aquellas dependencias más saturadas con el apoyo de otras más desahogadas; y

b-. la aplicación en el sector público de esa preventiva práctica tan extendida en el sector bancario: está bien que se interactúe con la clientela, pero no hasta el extremo de que se establezcan lazos estrechos (no vaya a ser). Y así, mientras que la empresa privada “mueve” a sus empleados, la Administración -más atada de pies y manos en el ámbito funcionarial- lo que hace es mover a la clientela (léase a los subyugados contribuyentes a los que se somete a ese kilométrico peregrinaje).

-. Tercera estación: ¿Han probado a ir físicamente a su cercana Administración/Delegación a intentar aclarar/subsanar personalmente una incidencia?

Partamos de una premisa de sentido común: no pocos asuntos -llamémosles “menores”- de los que cotidianamente se suscitan entre la AEAT y los contribuyentes, son susceptibles de zanjarse/encarrilarse/solucionarse con una conversación presencial entre el afectado/asesor y el funcionario responsable de ese expediente. Bien, pues esto, que no parece una pretensión propia de elevadas alturas intelectuales, hoy es poco menos que pedir la luna. Y aquí no me refiero al trámite de la “cita previa” (entiendo que la AEAT tiene toda la legitimidad para ordenar sus recursos en aras de una mayor optimización); no. De lo que les estoy hablando es de la frecuencia con la que hay una dificultad, cuando no imposibilidad material, para lograr algo tan simple como hablar con el funcionario a cargo del asunto. Los “motivos” son del todo variopintos: desde el consabido “ese tema se está llevando en la Administración de XXX” ubicada a decenas de kilómetros (vid “segunda estación”), al manido “es que el sistema informático no permite …”.

Y aquí hago una mención especial a otros dos fenómenos esotéricos (pero, no inusuales): cuando finalmente logramos que un funcionario nos atienda físicamente, muchas de las veces lo hace en un “mostrador” (espacio que no sólo no preserva la privacidad -extremo éste del todo sacrosanto- sino que, además, siempre “sugiere” cierta premura en el tiempo que está dispuesto a dedicarle al caso), o bien en una mesa apenas separada por un biombo de otro funcionario que atiende a otro subyugado contribuyente (en mi caso, confieso, no es la primera vez que exijo que el asunto se trate en un despacho al objeto de garantizar el mínimo sigilo que todo asunto tributario requiere).

Me ahorraré cualquier mención en este punto a las enormes dificultades (no pocas veces insalvables) para hablar personalmente con el funcionario que haya suscrito electrónicamente un acto administrativo, aspecto éste que conecta con la siguiente “estación”.

-. Cuarta estación: ¿Y qué hay de la tan manida administración electrónica?

En este blog, ya en varias ocasiones, se abogó por la optimización de los recursos públicos y la apuesta por las nuevas tecnologías, si bien con una cautela básica: ni las NEOs, ni la presentación electrónica de impresos/escritos, ni el SII pueden ser una imposición al contribuyente, sino una mera herramienta que éste decide libre y unilateralmente si se adhiere a ella o no.

Aclarado este punto, en lo que se refiere a la incidencia que la administración electrónica tiene sobre la preocupante incomunicación con los contribuyentes, me limitaré a hacer referencia al estrambótico episodio relatado a través de la AEDAF[1] por mi colega -y, “sin embargo”, amigo- Alejandro Miguélez (el caso hace referencia a un TEAR pero, a los efectos que aquí interesan, lo veo plenamente extrapolable a la AEAT):

“Hace escasas semanas recibí un escrito de un TEAR poniendo de manifiesto el expediente de una reclamación económico-administrativa interpuesta en nombre de un representado, y abriendo plazo para la formulación del escrito de alegaciones. Una vez examinado el expediente, preparé el escrito de alegaciones para su remisión por vía electrónica a través de la Sede Electrónica del TEAC.

La presentación de dichas alegaciones en la Sede Electrónica del TEAC exige una identificación inicial con un certificado electrónico, lo que hice con mi certificado de persona física (seleccionando dicho certificado de la lista “desplegable”). Después de completar los datos de identificación, y demás exigidos, la aplicación informática pide que se “suba” a la Sede Electrónica el escrito de alegaciones, que acto seguido debe ser firmado con un certificado electrónico que nuevamente se selecciona de una lista “desplegable”. 

Y aquí se produjo la grave incidencia sufrida pues la segunda lista “desplegable” no coincidía con la primera, y mi certificado electrónico de persona física no aparecía, lo que impedía presentar el escrito de alegaciones. Dispongo de copia del mensaje que aparecía en pantalla, diciendo que “No se han encontrado certificados en el almacen [sic] acordes a los filtros establecidos”.

En ese momento llamé por teléfono al TEAC exponiendo lo ocurrido, donde amablemente me indicaron una dirección de correo electrónico para plantear el caso. Así lo hice, y tras intercambiar un par de mensajes la respuesta final recibida fue que “el applet de @firma está descartando su certificado y por eso no le aparece entre los admitidos para la firma. Le recomendamos que utilice uno más reciente (…)”. El término “applet” no consta en el Diccionario de la Lengua Española, y tras diversas consultas pude averiguar que equivale a un programa que forma parte de los componentes de una página web.

En suma, lo que me está diciendo el personal técnico a cargo de la Sede Electrónica del TEAC (a quien agradezco su atención y rápidas respuestas) es que mi certificado electrónico no sirve para la firma del escrito de alegaciones, y que por ello se rechaza.

Todo lo anterior resulta inaceptable, pues mi certificado electrónico está plenamente vigente y es válido, como ha confirmado la FNMT-RCM. Ignoro cómo es posible privar de validez a un certificado electrónico válido y vigente (…). Esto supone una grave merma del derecho de defensa, que podría acarrear la imposibilidad de formular alegaciones en una reclamación. Se resiente también el principio de confianza legítima, pues los ciudadanos tenemos derecho a confiar en los instrumentos que la Administración nos facilita para ejercitar nuestros derechos.

Desconozco el rango legal de la norma que permite que dicho “applet” rechace mi certificado electrónico, pero no puedo descartar que sea insuficiente (si es que tal norma existiese) pues afecta nada más y menos que al derecho de defensa”.

En fin, no soy quien para dar lecciones sobre cómo articular un buen matrimonio, pero todo apunta a que la falta de diálogo es una apuesta certera para que germine la desafección y, de ahí, al divorcio ya es sólo una mera cuestión de tiempo. Tic, tac.

No te quedes con ninguna duda: consulta con tu gestor administrativo.

 

NOTA [1] “El TEAC y la validez de los certificados electrónicos: otro retroceso (más) en los derechos de los ciudadanos”. Revista Interactiva de Actualidad (RIA) nº 24 (19/6/2017); AEDAF.

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1 Comentario

  1. Jesús Carlos Fernández Echevarría

    ¡Excelente la exposición! Es costoso comunicarse y entenderse con la Administración. No es problema solamente de uno, sino de muchos profesionales.

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